lunes, 23 de febrero de 2009

23-F

Círculos que se cierran, etapas que se completan… Tiendo a verlos en ‘señales’ con las que tropiezo a menudo. Después, la realidad es que nada se completa, nada se cierra, porque los recuerdos permanecen y no se pueden erradicar como se pretendía en “Eternal Sunshine of the Spotless Mind”, extraordinaria película de vomitivo título en España, “¡Olvídate de mí!”.

Pero esas señales se pueden tomar como avisos de que es el momento de pasar al nivel siguiente de juego, donde se empieza más o menos de cero, pero con la mochila cargada de experiencias-conocimientos y algún que otro gadget que pueda ser de utilidad en el nivel recién estrenado.

El 23-F siempre me ha resultado un día peculiar y no sólo por ser la víspera del 24-F, que ése sí es un día cargado de simbolismos. Hoy ha tenido un poco de todo, para no ser una excepción.

Al levantarme había decidido que, sin esperar a nada más, la señal de final de etapa, la que debía cerrarla y así pasar a la siguiente, la iba a poner yo mismo. Mientras me preparaba para ir a la Oficina Siniestra he visto en un resumen de las noticias que La Cruz se había llevado el Oscar, como muchos predecían y muchísimos más temían. Eso ya no era la señal de un fin de etapa en mi trayectoria vital sino una señal inequívoca de lo cerca que está el Fin del Mundo.







En fin, nada más cerrar la puerta de casa, sin tiempo, pero entretenido en un escaparate, me ha saludado un conocido. La segunda cosa que me dice es: “Hoy es 23-F y yo hoy voy a llevar a cabo mi 23-F particular”. Después durante un buen rato me ha estado explicando que hoy era el día elegido para dar su ‘golpe’ particular y todos los etcéteras que han seguido. No podía evitar la sonrisa al pensar que yo llevaba en la mano la llave de mi particular 23-F.

Después, en el transcurso de la conversación han surgido algunos detalles que me han confirmado que, efectivamente, la etapa se hubiese cerrado de todos modos aunque yo no me lo hubiese impuesto. Eso no ha evitado un peso angustiante en el pecho durante casi toda la mañana.

Un peso que ha empezado a remitir cuando me ha llegado por correo un CD improbable tramitado vía Internet por gentileza de un amigo sin mis problemas bancarios. El disco es, lo juro, infinitamente mejor que su carátula, pero infinitamente menos divertido de lo que esperaba.


Con todo, curiosamente, la primera canción es uno de los himnos exorcizantes a los que recurro de vez en cuando, ‘Don’t Rain On My Parade’. No hace ni dos meses que tuve sesión intensiva de la canción en todas las versiones al alcance mi mano. Hoy le ha tocado a Bailey-Streisand.

La semana pasada fue especialmente angustioso-depresiva. Un homenaje agradecimiento a Henri Salvador, cuya risa contagiosa me ha ayudado a reír un poco en estos días, y a sus magníficas 'Le loup, la biche et le chevalier' y su rarísima versión en italiano de 'The Lion Sleeps Tonight'.

Mañana, 24-F, oficialmente se pone a la venta el nuevo disco de Fangoria. ¿Será otra señal?

jueves, 12 de febrero de 2009

Chica Chica Boom Chic Revisited

Gracias, inseguro servidor. He aprendido la lección. Las copias de seguridad se han de hacer cada dos minutos. Pero me cisco en tus ancestros softwareros por hacerme perder el hilo y, sobre todo, el día del centenario de Carmen Miranda.

Porque era el día 9, y no hoy, cuando se cumplían 100 años del nacimiento de Carmen Miranda. La portuguesa reciclada en brasileña que mayor revuelo organizó en Estados Unidos en los años previos a la Segunda Guerra Mundial.

Desde el mismo momento de su debut, cantando ‘South American Way’ en la revista musical “Streets of Paris” (1939), fue la figura más imitada y caricaturizada. Mickey Rooney y Bugs Bunny fueron pioneros travestis de Carmen y a ellos les siguieron legiones de fans para quienes llenarse la cabeza de fruta y subirse a coturnos imposibles era algo irresistible.


Por supuesto que conocía a Carmen Miranda por terceros medios: fotos, referencias en libros, imitaciones y todas esas cosas. Pero mi primer encuentro ‘directo’ con La Miranda fue, irónicamente, por la vía ‘culta’.

Con 16 ó 17 años fui a Filmoteca a ver “Copacabana”, con toda seguridad programada dentro de un mini ciclo dedicado a los Hermanos Marx. Aquella semana también programaban “Don Dólar” y “Sopa de ganso”.

Me sorprendió la energía que desprendía la Miranda en aquella imposible comedia de enredo, en blanco y negro, donde era la pareja de Groucho y tenía el inspirado nombre de Carmen Novarro. Pero, por exigencias del guión, se hacía pasar por la cantante francesa Mademoiselle Fifi, teñida de rubio y cubriéndose el rostro con un velo.

La suma de ingredientes era más de lo que cualquier degustador del kitsch podía digerir. Lógicamente me encantó.


Con el paso de los años ya fui viendo alguna otra película con La Miranda en televisión y en cine. Como aquel “Toda la banda está aquí”, prohibida durante el franquismo y estrenada en un alucinógeno ciclo de películas Fox bautizado “Amar el Cine”.

A las órdenes de un no menos alucinógeno —en todos los sentidos— Busby Berkeley, Carmen interpretaba el ya clásico “Lady in the Tutti-Frutti Hat”. Tras las evoluciones de las coristas con unos plátanos gigantes, el número musical más fálico de la historia finalizaba con Carmen luciendo sombrero de bananas que se extendía hasta el infinito y más allá.

Creo que por aquellos años de liberación censora nos llegó, por fin, la edición Tusquets de uno de los libros más anhelados por todos los aficionados al cine, sus entresijos y sus gallinejas: “Hollywood Babilonia”. En el segundo volumen, la mala de Kenneth Anger afirmaba que Carmen Miranda utilizaba las plataformas de sus coturnos como estilizados estuches para almacenar el polvo con que se maquillaba la nariz entre samba y samba.

Pero además se atrevió a publicar la foto que provocó la caída en desgracia de Carmen. Una foto en la que, alzada por César Romero, Carmen dejaba ver, sin la menor duda, que era muy cuidadosa en la elección de su vestuario y sus barrocos complementos... de cintura para arriba. De cintura para abajo era más bien defensora del minimalismo.

Poco más o menos, le sucedió algo parecido a Marujita Díaz en compañía de José Manuel Parada, lo que supuso el veto de televisión a las dos divas de labios siliconados.

Sin embargo, para mí, Carmen Mirada fue durante muchos años una referencia obligada de las mañanas de los domingos. Escuchar sus canciones grabadas para Decca en Estados Unidos me ponía en un estado de catártica felicidad que duraba todo el día... y parte de la semana siguiente.

Los trabalenguas imposibles, los ritmos acelerados, el evocador exotismo y la complicidad de las ‘Hermanas Andrews Sisters’ o Xavier Cugat eran un imán demasiado potente: ‘Chica Chica Boom Chic’, ‘I, Yi, Yi, Yi, Yi (I Like You Very Much)’, ‘Ca-Room-Pa-Pa’, ‘Co, Co, Co, Co, Ro’, ‘Touradas em Madrid / The Matador’, ‘Cuánto le gusta’, ¡¡¡‘O Passo do kanguru (Brazilly Willy)’!!!

Antes de esas apoteosis camp, Carmen había grabado en Brasil numerosas canciones para RCA y Emi que la habían convertido ya en una megastar: ‘O qué que a Bahiana tem’, ‘Na baixa do sapateiro’, ‘Tic-Tac do meu coraçao’... Tal era su popularidad que el Gobierno brasileño la transformó en una especie de embajadora en Estados Unidos a la que no perdonaron que regresase al cabo de unos meses ‘americanizada’.


Sin llegar a los extremos de Carlos Gardel, que para los argentinos ‘cada año canta mejor’, a Carmen Miranda se la ha reivindicado como cantante, precursora de los movimientos musicales brasileños de los 50 y 60, por artistas como Caetano Veloso que grabó algunos de los temas popularizados por Carmen.

Aunque para muchos todavía es difícil separar la imagen festiva y kitsch de La Miranda de su importancia en el terreno musical, ya empieza a reconocerse que cada siglo canta mejor.

lunes, 9 de febrero de 2009

You Fascinated Me So


Muchas presiones he recibido en los últimos días para que no dejase de recordar a Carmen Miranda en el centenario de su nacimiento. Pero está claro que no podía ser tan fácil el pasar del trance incinerador de zombies a la alegría vital de La Bomba Brasileña.

Después de escribir sobre La Miranda y subir las ilustraciones, musicales y fotográficas, el inseguro servidor tuvo un ataque epiléptico y no grabó nada de lo perpetrado.

Como últimamente intuyo señales en casi todo, pensé que por algo sería. Vi a la Señora Rius, de moral despistada, en el programa de BFN y, por fin, la coronación de Berto como se merecía: un Rey Mediático. Y opté por tratar de dormir 3 ó 4 horas.

Esta mañana, al tratar de recomponer el desaguisado Mirandiano, me entero del fallecimiento, el pasado día 7, de una de mis cantantes adoradas: Blossom Dearie.


A Blossom Dearie la descubrí tarde. En la época del CD y a través de unos asombrosos recopilatorios producidos por Ben Bagley (1933-1998) y publicados en la colección Painted Smiles. Al atractivo de recuperar canciones inéditas y rarísimas del repertorio de los grandes compositores americanos Cole Porter, Frank Loesser, Harold Arlen, George Gershwin, Kurt Weill, Jerome Kern...—, Ben Bagley atrajo a los estudios a un grupo de ‘amigos’ tan ecléctico como Katharine Hepburn, Kaye Ballard, Barbara Cook, Chita Rivera, Gloria Swanson, Rhonda Fleming, Anthony Perkins, Richard Chamberlain, Arthur Siegel, Bobby Short y Roddy McDowell. A buen entendedor... Pero la voz que me cautivó fue la de Blossom Dearie.

Eran otros tiempos. No existía Internet, aunque teníamos tiendas de discos. Algunas incluso aceptables. Y como eso es lo que había, me recorrí las calles Tallers y Pelayo buscando otros CDs de Blossom. En una tarde recogí tres pertenecientes a la etapa Verve, aunque dos de ellos eran recopilatorios. Aquel mismo día me hice fan absoluto.

El humor, la ternura, la fragilidad de una voz con registro semejante al de una niña, engrandecían un repertorio de standars sobradamente conocidos. Blossom imprimía una musicalidad y un sentimiento que pocas veces transmiten otros intérpretes muy preparados técnicamente, pero fríos y mecánicos. Y además era una prodigiosa pianista. Así empezó en París a mediados de los 50 continuó acompañándose al piano en disco y en las actuaciones en directo que efectuó hasta hace nada.

Fue gracias a Blossom que descubrí ‘It Might As Well Be Spring’ después de haberla escuchado decenas de veces en la voz de otros cantantes. Y ‘Down With Love’ y ‘They Say It’s Spring’, y ‘La valse des lilas / Once Upon A Summertime’, y ‘Tout doucement’, y 'Doop-Doo-De-Doop (A Doodlin' Song)', y ‘Give Him the Ooh-La-La’ y, ‘I’m Hip’ y...

Meses más tarde, en el primer disco que encontré de su propio sello Daffodil —grabado en 1987 con 61 años—, volvía a escuchar la misma voz, casi como si no hubiesen pasado los años. Igual de fascinante y todavía más divertida en temas como ‘My Attorney Bernie’ o ‘My New Celebrity Is You’.

Como buen provinciano, Blossom Dearie era algo mío, porque nadie me había hablado de ella; no había encontrado referencias en ninguno de los libros de música que habían caído en mis manos y ninguno de mis amigos y conocidos —que tantas figuras me habían descubierto— tenía la más remota idea de quien era. Eso sí, al escucharla todos quedaban fascinados.

Incluso recuerdo el sentimiento de orgullo gilipollas que me invadió al escuchar ‘Try Your Wings’ en la banda sonora de “Mi vida sin mí”. Como si mi esmirriado proselitismo hubiese hecho llegar a Blossom, a través de terceros, hasta Isabel Coixet. No hay nada como la ignorancia... excepto el paso siguiente: Ignorancia + Alzheimer.

El pasado año fue de grandes pérdidas mitómanas, pero ninguna hizo que se me humedeciesen los ojos como esta mañana al leer la noticia del fallecimiento de Blossom. Hoy el iPod está vetado para cualquier otro nombre.

domingo, 8 de febrero de 2009

La ilusión zombie vuelve a las cenizas

Una semana especialmente rara que anunciaba un fin de semana feliz, ha tenido una conclusión consecuente con la tónica diaria. Yuna vez más uno de esos simbolismos agarrados por los pelos –o por la cola, como escribiría Picasso–, ha llamado, literalmente, a mi ventana.

Mientras repasaba los diarios a media tarde, un griterío en la calle hizo que me saltase el resorte cotilla. ¿Una pelea de etílicos? ¿Una bronca de testosterónicos? ¿Un atraco? ¿Un accidente? Es decir, los acontecimientos habituales de la calle que te ayudan a conocer al vecindario: Todos abrimos la ventana a la llamada de espectáculo gratuito.

Nada de eso, un desfile de zombies, que al parecer exhiben su Orgullo como tales coincidiendo con el aniversario del nacimiento de George A. Romero (4 de febrero de 1940). Bueno pues tocó ayer que unos cuantos muertos vivientes 'pasasen por casa'. Pero para mí fue como una revelación: Los muertos, como mejor están es quemados.




Desde hace más de un año trato de creer que tengo fuerzas y ánimos para revivir un cadáver. Pero no. La ilusión muerta se podrá levantar y caminar tambaleante a base de radiaciones o fluidos fosforito como los de "Re-Animator". Sin embargo ni el avance es significativo ni podrá evolucionar, crecer, revivir. Es un engaño, sigue muerta.

Y no sólo eso, se corre el peligro de crear nuevos cádaveres en el camino: La ilusión zombie es voraz, reclama alimento, devora cerebros...

Tengo la convicción de que en casi todas mis decisiones importantes, por mucho que las haya analizado, en el último momento siempre ha primado el más básico instinto de supervivencia. La estrategia del armadillo que se cierra sobre sí mismo interponiendo su dura coraza entre su corazón y el mundo.

¿Han sido erróneas esas decisiones? No lo sé. Hoy no lo puedo pensar. Hoy no lo quiero pensar. Sólo puedo decir, como Carlotta Champion que gracias a ello, por lo menos, ¡Sigo Aquí!

Así que voy a quemar definitivamente a la ilusión zombie y reducirla a cenizas. Tal vez mañana me arrepienta..., pero al menos estaré vivo para sentirlo aunque el dolor sea tan intenso o más que la primera vez.